Editorial Excursiones

“Ser escritor o no ser escritor, fuera del mundillo, es casi lo mismo”. Valeria Tentoni entrevista a Félix Bruzzone por su libro Piletas para el Blog de Eterna Cadencia. 13 de septiembre de 2017.

“La realidad siempre se impone”, se lee en una de las páginas de Piletas, el último libro de Félix Bruzzone. Publicado por Editorial Excursiones con portada y reproducciones del artista plástico chileno Juan Astica, el libro es una selección de los mejores posteos que el autor de 76 dejaba, a modo de diario de trabajo, en su cuenta personal de Facebook. Las fechas saltan del 2013 hasta el 2016, pero no fue entonces que comenzó a trabajar como piletero (sino en 2003), ni fue entonces que empezó a aprovechar esa fuente (sino en 2009, con su novela Barrefondo). “Supuse que para ese entonces ya tenía bastante camino recorrido como para largarme a armar un personaje con su historia, más o menos en el mismo espacio donde yo trabajo, haciendo una construcción literaria de esa zona geográfica, por supuesto, y teniendo en cuenta que los materiales venían radicalmente de la experiencia”, explica ahora, frente a un café pequeño.

“Lo de limpiar piletas es verdad. Vivo de eso y de vender cloro. Miles de litros de agua cristalina, pero si me baño yo, la prefiero un toque verde”, así se presenta Bruzzone en su cuenta abandonada de Twitter. Padre de tres, Licenciado en Letras, abandonó una vocación anterior que, en ejercicio, descubrió no era para él: la de maestro de escuela. Fue además editor en Tamarisco, sello que lo reunió con Sonia Budassi, Violeta Gorodischer y Hernán Vanoli en la confección de libros: en sus colecciones se publicaron primeras obras de varios autores contemporáneos, un catálogo que incluía nombres como los de Juan Diego Incardona, Margarita García Robayo, Nicolás Marvakis, Federico Falco, Leo Oyola y Julián Urman. Todavía hoy se define como un fetichista de los libros y se les acerca pensando en gramajes, tintas y encuadernados. Pero sus días, ahora, se reparten entre la actividad piletera, los talleres de escritura, y sus propias horas de tipeo. Además, mantiene en escena Campo de mayo (próxima función, 29 de septiembre en el Conti), una conferencia performática que armó junto a Lola Arias para el ciclo Mis documentos, y que narra el proceso de escritura del libro que tiene en gatera. “Quizás mi próximo libro, porque ya estoy con ganas de cerrarlo”, dice.

 

¿Cómo surgió Piletas?

En determinado momento empecé a publicar en Facebook pequeñas crónicas de mi experiencia como piletero; al principio, para encontrarle algún sentido a eso que venía haciendo desde hacía tanto tiempo de forma muy mecánica ya, y muy hastiante, a través del ponerlo en palabras y armar pequeñas historias, inventar un poco también. Y después pensando en cuáles podían ser los límites de esas narraciones, hasta dónde se interconectaban y mi propia experiencia limpiando piletas se volvía un poco literaria.

¿Y al ponerte a escribir, empezaste a limpiar las piletas distinto?

Sí, de hecho, por momentos, cuando iba a hacer las piletas me decía: bueno, acá vengo a limpiar para contar una historia. O a veces me imaginaba a mí mismo más en medio de una danza que limpiando una pileta; no tiene movimientos dancísticos la limpieza de una pileta, pero hay cierto movimiento, cierta hipnosis que se podría asemejar a una danza. Hay un ritmo, que no es maquínico ni musical tampoco, entonces uno lo puede inventar un poco. Y me pasaba eso, de estar yo mismo en otro mundo, en el mundo ese del baile, de algo que ya no era la experiencia.

¿La interacción cambió con los clientes?

Se empezaron a convertir más en personajes que en clientes, de hecho mi percepción de ellos seguramente cambió a partir de todo esto. Hoy ya no sé si mis personajes son lo que quedó escrito en las anécdotas y esa construcción que se termina haciendo, o los diálogos que yo en efecto tengo con ellos. Es una interacción bastante limitada, el piletero es más bien personal de servicio de limpieza y la relación es poca. Creo que una mucama tendría mucha más relación que un piletero, incluso un jardinero.

¿Cuándo lo viste como libro?

En realidad, fue Nurit Kasztelan, una de las editoras de Excursiones. Cuando la conocí hablamos de las crónicas y me dijo: “Ahí tenés un libro”. Pero bueno, me parece que es lo típico que se le dice a alguien que escribe más o menos seguido en Facebook con cierta gracia. Yo intuía que sí, pero también intuía que necesitaba mucho trabajo, que no era simplemente compilarlos y listo. Pero misteriosamente tenía una memoria bastante grande de los posteos sin haberlos releído nunca. Curioso, digo, porque suelo olvidarme rápidamente de las cosas que escribo y de todo en general. De esto no. Era como si fuera un material que estaba ahí, escribiéndose un poco solo, y a la vez almacenándose no solo en la memoria de Facebook sino en mi propia memoria. De algún modo, todas las cosas se iban tocando. Al final, cuando lo recopilamos, muchos ajustes no tuvimos que hacer. En general, lo que escribo tiende a tener esa cuota de libertad donde no hace falta organizarlo todo tanto, con tanto cálculo.

Tirar las cosas en Facebook produce respuesta casi automáticamente, ¿creés que eso influyó en los textos?

La escritura era casi directa, de hecho había muchos errores de ortografía, de sintaxis incluso; todo eso se emprolijó para el libro. Hay muchos que escribía directo entre piletas y pileta. En el celular escribí mucho, tuve distintos soportes: cuando no tenía celular para escribir en Facebook lo anotaba a veces en un cuaderno donde anoto cosas y a veces me sentaba en casa y lo escribía directamente.

No es la primera vez que trabajás con la experiencia, de Las chanchas dijiste incluso que es hiperrealismo.

Sí, es verdad, es un libro que tiene esa semejanza con los otros, pero lo que sí veo es que el material de la experiencia tiene que ser muy abundante en mi caso para poder usarlo. Son trece, catorce años que estoy en esto, entonces hay un manejo de ese material mucho más flexible. Ahora por ejemplo que estaba trabajando con otros materiales a los cuales mi acercamiento es mucho más esporádico y no encuentro la forma de narrarlo. En algún momento empieza a fluir la escritura. Ahora: hasta que empieza a fluir puede pasar mucho tiempo de no encontrarle la vuelta. En Piletas fue más o menos rápido, pero también era la necesidad de mostrarlo ya, postearlo, me parece que ayudó esa situación.

¿Y trabajar el mismo material en Barrefondo cómo fue?

En Barrefondo empezaron a entrar otras cosas. Todo el tiempo, mientras la escribía, yo estaba pensando que lo de las piletas no era suficiente, siempre hacía falta algo más, entonces aparecieron otras cosas que le dan otro volumen: la historia pre piletero del personaje, su otra vida antes de limpiar piletas, y la forma de hablar que tiene. Ahí lo que yo intentaba era que el texto se impregnara de cierto clima, que es el clima que ofrece el trabajo de limpiar piletas; estar al sol, como herido por la naturaleza hostil pero a la vez muy amable de la quinta o del barrio cerrado. Para el piletero es las dos cosas al mismo tiempo: estar en un lugar de esparcimiento, pero esparcimiento para otros. Esa tensión me parece que la trabajé más en Barrefondo.

El tema del futuro, la ciencia ficción, eso cruza otros de tus libros, pero nunca de modo puro, siempre los géneros están mezclados, ¿no?

Siempre son cruces, sí. En Piletas quizás es donde menos hay, aunque sí aparecen animales que hablan, objetos que hablan. Me parece que en las novelas entran otros elementos. Hay algo que las sostiene siempre, pero en general la tendencia es más a abrir, a perder un poco el hilo. No tengo una receta sobre cómo escribir una novela.

¿Qué vínculo tenés con los personajes? Hay novelistas que hablan de sus personajes como presencias que insisten hasta que las desagotan, otros no.

Los personajes nunca me hablaron, por suerte, pero lo que sí reconozco es que tengo obsesión con uno de mis personajes, Romina. Está en Los topos y en Las chanchas, y hay una partecita de Barrefondo en la que hay una chica que tiene un hijo que para mí siempre fue Romina. El problema es que no sé cómo es Romina, físicamente. Entonces no es que yo hable con ella, pero es como si necesitara saber más de ella, y nunca termina de aparecerse del todo. Hace poco estaba pensando: ¿cómo es el aspecto de Romina? No tengo la menor idea. Nunca aparece descripta, creo.

En Las chanchas aparece en la tercera parte, en primera persona.

Claro, Romina habla en Las chanchas, toda la tercera parte, pero todo eso de lo que uno quiere saber más, de eso no habla, habla de todo lo que pasó después. Entonces, para mí hay un misterio grande con Romina siempre que me gustaría desentrañar. Creo que esto que dicen algunos autores, que uno escribe hasta que los personajes dejan de hablarle, con Romina en cierta forma me pasa. Me parece que voy a escribir sobre ella hasta que desentrañe algo o finalmente descubra que no se puede desentrañar nada de ella, nada más. Es como una especie de buscando desesperadamente a Romina, mi obra. En Piletas hay algunos personajes femeninos que de algún modo están en juego un poco con esa imagen. O sea, Romina en realidad representa otra cosa, claramente, pero bueno, en concreto, en la literatura mía, se convirtió en eso, en ese nombre, en ese personaje.

Antes de Los topos está 76, de 2008, por Tamarisco. ¿Hasta cuándo funcionó el sello?

Cerró en 2014.

¿Volviste a hacer tareas de edición, lo extrañás?

Hago edición porque trabajo editando cosas de alumnos y gente que me acerca manuscritos, pero para editoriales creo que no trabajé más. A veces presento el laburo de alguien a alguna editorial, me encantaría poder armar algo. Soy bastante fetichista con los libros, siempre me llama la atención ver cómo están hechos, la materialidad del libro siempre me atrajo mucho.

También das talleres, ¿te gusta ese trabajo?

Empecé por necesidad, la verdad que un poco a desgano. Pero con el tiempo empecé a encontrar que me gustaba y que me gusta.

¿Qué autores fueron claves para vos al escribir?

Puig. Rejtman. Bolaño. Sin duda, Borges. Pero fundamentalmente Puig era mi guía. Me lo encontré en la facultad de Letras. Estudié esa carrera de una forma muy sui generis; en un momento me di cuenta que no iba a dedicarme a eso, nunca quise forzar la situación de hacer vida académica y todo eso. En realidad la abandoné, pero fue un abandono mental más que concreto, porque la carrera finalmente la terminé. Pero mentalmente la abandoné cuando más o menos tenía los elementos que me parecían suficientes para poder escribir.

Y antes de entrar a Letras, ¿cómo era tu vínculo con los libros?

Normal. Era un lector adolescente no muy fanático. Tenía las lecturas de cualquier chico que se interesa un poquito más que lo que te dan en la clase de literatura. En mi casa no había una gran biblioteca ni mucho menos. Había best sellers, cosas así, algunos libros de Anatole France, Stefan Sweig. Borges no había, por ejemplo, el primer libro de Borges que leí me lo compré yo, lo tengo en casa. Pero por ejemplo estaba Operación masacre, que había quedado de algún tío mío, supongo, la segunda edición. Empecé a leerlo por arriba un poco, no me había interesado mucho, la verdad, porque inmediatamente lo había visto como libro periodístico, cosa que yo aborrecía en aquel momento. Me parecía muy trucho el periodismo -pero bueno, eran los noventa, qué iba a pensar un adolescente del periodismo en los noventa. Después sí, lo leí, pero mucho más adelante, y pasó a ser esa referencia medio fundamental que ahora es.

¿Y a escribir empezaste de adolescente?

Claro, en esa época.

En un momento le decís a una clienta: “La literatura a veces te lleva a ver tus propios problemas”. ¿Es útil de ese modo para vos?

En aquel momento, cuando empecé a escribir, no, ahora sí. En aquel momento era mucho más idealista y pensaba que la literatura iba a salvar al mundo y esas cosas. A nivel personal, era la única posibilidad que yo tenía de expresar algo, porque como yo no hablaba mucho y siempre eran balbuceos lo que decía, nunca nada muy organizado, entonces me decía: “Bueno, si lo escribo por lo menos queda”. Me ordenaba un poco. En aquel momento yo me sentía un idiota completo y era muy difícil vivir conmigo mismo.

¿76 cuándo empezaste a escribirlo?

Ya casi había terminado Letras, creo, un poco antes empecé a escribirlo. Después de mi proyecto frustrado que fue mi primera novela, que quedó en un cajón.

¿Cómo se llamaba?

Luces bajas. 76 fue una forma de reescribir esa novela de otro modo, al final termino siendo algo que nada que ver.

¿Arrancaste escribiendo novela o cuentos?

Empecé a creerme que era un escritor -y les decía a todos mis amigos que yo era escritor, aunque no había publicado nada todavía- cuando empecé a escribir esa novela. Ahí era donde yo había encontrado algo que contar, una densidad que no tenían los textos anteriores. Pero bueno, como nadie me daba bola para publicarla, la fui descartando. Y como seguía escribiendo, salió 76, con Tamarisco.

Los Topos salió con Mondadori ya, ¿no?

El mismo año que 76, fue una casualidad. Los Topos iba a ser un cuento más y se fue alargando hasta convertirse en la novela que es. Como en ese momento había mucha movida de antologías de nuevos escritores, Random tenía cierta necesidad de tener autores nuevos, entonces empezaron a convocar y ahí aparecí yo. Como ya estaba 76 en imprenta salieron a la vez.

¿Cómo fue encontrarte con los lectores, gente a la que no le tenías que decir como a tus amigos que sí, eras escritor?

La verdad es que fuera del mundillo literario, lo mismo que siempre. Yo hoy les mando a mis clientes de Piletas un mensaje diciéndoles que saqué un libro –algo que nunca hago, esta vez sí lo hice porque es algo que los involucra de algún modo- y me contestan, no sé, un 20% con algún interés por el libro. Eso da un poco la pauta de hasta dónde ser escritor o no ser escritor, fuera del mundillo, es casi lo mismo, y el mundillo literario es bastante pequeño.

Pero las tiradas de Mondadori son grandes, entiendo.

Sí, pero igual; “grandes” son 4000 ejemplares. Suponte que se venda todo, ¿cuánto es 4000 ejemplares en una ciudad como Capital y alrededores? Se dice que no hay que atender a lo numérico, pero en realidad lo numérico es un aspecto importante de todo esto. Creo que las editoriales se fijan bastante en lo numérico, por ejemplo. Siempre hay cuatro o cinco escritores que son más masivos, es cierto. Pero yo siento vergüenza, todavía, cuando me dicen “¿Ah, escribís?”, como dicendo “Mirá, pobrecito”. Yo nunca me sumergí tanto en el mundillo como para perder noción de lo que es la realidad. Cuando digo eso lo digo a nivel mental, pero después sí tengo mucha actividad como escritor, con mis quejas o no.

¿Creés que podrías haber escrito 76 y Los topos ahora, en este contexto?

No lo sé. Yo lo asocio más a una situación menos del afuera que del adentro: creo que Los topos yo lo escribí no tanto por la coyuntura externa sino por lo que me estaba pasando a mí con ese tema en ese momento. Ahora, con este mismo problema que aparece en Los topos, tendría cosas para hacer. Cosas igualmente tensionadas. El otro día estábamos conversando un argumento posible a partir del ACV que le dio a Etchecolaz en prisión; si se llega a morir se cae un juicio muy grande en contra de él, y a partir de esa situación yo tendría como para armar un relato. No sé si tengo ganas de hacerlo, hoy interiormente estoy más con otras cosas, con mis hijos y con lo que ellos están entendiendo de todo esto.

¿Pensás a tus libros como intervenciones? Además de un sentido del humor muy particular, hay una suerte de posición tomada sobre la corrección política.

Es menos deliberado de lo que parece, a veces, me parece. En la escritura encuentro un lugar donde decir cosas que me es más fácil decir ahí, entonces aprovecho. A veces me encuentro autocensurándome, me digo ¿esto no será demasiado? A veces me pregunto. Y cuando leo lo noto, me toco releer Los topos para una charla y encontraba cosas así, o incluso leyendo Diario de una princesa montonera, que está un poco en la misma línea que Los topos, me sorprendía cómo había metido más el dedo en varias cosas. Desde otro lugar, está bien, con otro formato mucho más libre que la novela. En 2073, que es un cuento de 76 y salió además solo en Leer es futuro, ahí yo encuentro cosas, y fue todo re involuntario. Lo que está ahí puesto en juego es la memoria, el cuento se plantea el escenario cien años después del copamiento del Batallón de Comunicaciones de Comando 141 en Córdoba: qué paso con la memoria de ese hecho, que es todos los hechos también, y cómo cambió el mundo para ese entonces, a través de qué dispositivos se resuelve. En todo ese dispositivo aparece una reflexión sobre la memoria, es mucho más sobre eso que sobre ciencia ficción. Bueno, eso yo lo percibí mucho después, ya publicado. En un momento Martín Kohan habló de eso y ahí empecé un poco a entender de qué se trataba ese cuento. Necesito la mirada de un crítico que organice: yo tengo algunas sospechas, pero siempre son eso, sospechas sobre lo que estoy haciendo.

Una vez, hace unos años, Sonia Budassi entrevistó a Fogwill en vivo en el Malba y le dio un texto tuyo para que emitiera opinión, ¿recordás qué texto era?

Salió en revista No-retornable, era un texto que no entró en 76. Esa fue una idea de Sonia. Estaba toda la movida de los nuevos escritores, y ella pensó en tirarle uno a ver qué decía, y le tiró este texto. Yo estaba ese día ahí. Nunca le dije que era mío, no sé si supo. Creo que no. A Fogwill no le había gustado, creo que le leyeron dos párrafos y dijo “¡Basta!”. Le había parecido ambiguo, dijo que no sabía si era una genialidad o si tenía que ver con un programa de televisión que se hacía en ese momento en Telefé sobre historias de nietos recuperados. En definitiva lo hizo mierda; a mí me divirtió todo eso.

Recuerdo que hizo su show, probablemente cualquier cosa que le hubiesen tirado hubiese recibido algo así. ¿Pero Fogwill para vos era entonces o es un autor referente?

No. No, de hecho no leí mucho a Fogwill. Tendría que leerlo, la verdad, porque estoy atravesado más por al figura esa que él se construía que por su escritura. Prefiero los autores más silenciosos, yo. Prefiero leerlos. Y Fogwill era todo lo contrario, se mostraba más él que su obra. Entonces que se apague un poco su figura y que aparezca su obra, por ahí de acá a diez años lo empiece a leer, no sé. Si no es difícil. Yo no puedo.

Escribiste también tres libros infantiles, como Julián y el caballo de piedra.

Me interesa el libro álbum más que el escribir para chicos, ese objeto me interesa, esa posibilidad de que se combine el texto con la ilustración y el relato se haga entre los dos, liberar un poco al texto de su propia lógica. Julián y el caballo de piedra es la cumbre de mi obra, diría. No va a haber más, ese es mi techo. En ese libro lo que pasó fue que se cruzaron cosas que un poco condensan lo que hago siempre: es la historia de un nene solo que tiene que ir a buscar a sus papás y para eso tiene que atravesar una tormenta de nieve con un caballo que es medio irreal, sale de un espejo. En un momento, que es como la cumbre de todo –y yo no lo hice, lo hizo el ilustrador-, el nene le dice al caballo que quiere ir a buscar a sus papás y el caballo entiende mal y cree que le pide una papa. Entonces se pone a buscar entre la nieve y saca una papa. Y se la da. En la ilustración, German Wendel puso a Julián frente a una papa, mirándola muy concentrado, en medio de la nieve. Él le pide al caballo muchas cosas y hay malentendidos todo el tiempo, pero yo no le dije nada al ilustrador, simplemente él le dio más dimensión a ese momento. Es muy inesperado. Después, que cada uno vea lo que quiera, pero a mí me mató cuando vi esa pintura: ya está, es eso.

Fuente: Blog de Eterna Cadencia.

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Esta entrada fue publicada el 01/12/2017 por en Prensa.
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