Editorial Excursiones

“Los dedos de Charly García”. Nota de Luciano Lamberti sobre dos libros que narran profesiones: Piletas, de Félix Bruzzone, y Aquilea, de Hernán Lucas. Publicada en el Blog de Eterna Cadencia el 12 de septiembre de 2017.

Me gustan los dedos de Charly García. Son completamente deformes, monstruosos, casi inhumanos. Más largos de lo normal, con las articulaciones nudosas, doblados en la punta. Son los dedos de alguien que no ha dejado de tocar el piano desde los cuatro años, cuando, según la leyenda que él mismo se encargó de divulgar, sorprendía a Falú con su oído absoluto diciéndole que su guitarra estaba desafinada. Los dedos de alguien que todos los días de su vida hizo lo mismo, y que terminan siendo el reflejo de lo que es.

Para bien o para mal, terminamos siendo lo que hacemos. Hay enfermedades propias de las profesiones. No es raro que un escritor tenga la espalda encorvada, que un violinista tenga problemas en el cuello, que un albañil sufra de artritis o que un cocinero tenga problemas de sobrepeso.

Quiero hablar de dos libros que narran profesiones. Pero no es tan simple, porque son libros de escritores, y se sabe muy bien que los escritores, por lo menos en la Argentina de hoy, no viven de la literatura, y tienen que buscar trabajos alternativos para alimentarse y vestirse y comprar su whisky. No es algo nuevo. Durante gran parte de su juventud y antes de dar el salto, el propio Borges vivió de dar conferencias, a veces en minúsculos teatros de provincia.

Hablo de Aquilea, crónica de una librería, de Hernán Lucas, publicado hace unos años por Bajo la luna y de Piletas, de Félix Bruzzone, que acaba de salir por Excursiones. Ambos son libros de escritores que tienen que tener una profesión distinta para sobrevivir, y la profesión, sus particularidades y la forma en la que los acaba moldeando, es el tema de sus libros. Son libros de género extraño, que están entre el diario, la crónica y la idea del trabajo como forma de conocimiento.

Aquilea cuenta, en paralelo, la historia de una librería y los esfuerzos del narrador por ser padre. Hace años que doy un taller ahí (taller que aparece en libro, dicho sea de paso) pero nunca me había fijado en algunos de los detalles que Hernán Lucas descubre a partir de la observación. Que existe una especie de triángulo en esa cuadra de calle Corrientes, conformado por el sex shop, la librería y una tienda de vestidos para novia. Que al lado de la librería hay un siquiátrico y que algunos de los pacientes van a comprar libros. Que Hernán Lucas aprendió el negocio de su padre (la paternidad, en su búsqueda, es uno de los temas del libro, qué heredamos, qué hacemos con la herencia que nos legaron, qué vamos a dejar) y que una de las paredes de la librería se corre y da paso a un sótano donde se almacenan los lotes que Hernán compra. Que algunos libros que, pensaba, nunca iba a vender, salen rapidísimo y que otros se tardan años en encontrar a su lector. El mundo de las librerías de saldo es el del random: en general, uno no va a buscar algo específico, sino que espera la sorpresa, que el libro nos salte a la cara y nos pida que lo llevemos con él como cachorritos en adopción. Hernán es poeta, y eso se nota en el libro, que parece hecho de fragmentos iluminadores, de pequeños organismos que conforman un todo.

Piletas, en cambio, narra las aventuras íntimas de Bruzzone en el mundo de la limpieza de piletas. Su libro está estructurado como un diario, con entradas fechadas, y gran parte fue publicado en Facebook a medida que salía. A diferencia de Hernán Lucas, Bruzzone es narrador, todos leyeron (o deberían haber leído) sus cuentos y novelas, y el punto de vista que elige es mucho más mordaz y cínico. Hay algo de su propio retorcido sentido del humor que causa eso, pero también el objeto de análisis (los dueños y dueñas de las piletas que tiene que ir a limpiar) parece venir ya empaquetado y con un moño para la burla y el escarnio. Su libro es humorístico y sus clientes están siempre al borde la locura y el ridículo. Bruzzone piensa el trabajo en términos marxistas, como formador de ideología y de los límites del conocimiento, y utiliza esas largas jornadas siempre demasiado calurosas o heladas como viajes antropológicos. Él debería ser el observado, el escritor que limpia piletas, pero es el observador.

Y eso es algo que ambos libros tienen en común. Pueden hacer otra cosa, pueden sobrevivir con trabajos que los desgastan o los humillan o les dan cierto placer, pero nunca dejan de ser escritores, nunca dejan de estar atentos, nunca cierren ese tercer ojo con que los escritores tomamos todo lo que está alrededor, lo pasamos por el procesador de las palabras y lo convertimos, mal que bien, en literatura. Yo, que trabajé en un cyber, en una librería, en un colegio secundario católico, sé cómo siente y entiendo de lo que hablan. En la segunda parte de Kill Bill, David Carradine, el odiado Bill, hace un monólogo maravilloso antes de morir. Dice que entre todos los superhéroes, el único que se disfraza de humano es Súperman. Todos los demás se disfrazan para ser superhéroes, él se disfraza de un hombrecito pálido, débil, de lentes y traje.

Los escritores tenemos que disfrazarnos de seres humanos para vivir en este mundo y hacer las cosas que hacen todos, porque de algo hay que morir.

Fuente: Blog de Eterna Cadencia.

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Esta entrada fue publicada el 01/12/2017 por en Prensa.
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