«No hay cosa más aburrida que la sombra. La luz es rica en variaciones nerviosas. La sombra es, sin remedio, simple y absolutamente invariable, monótona, angustiosa, aplastante. La mucha luz, a lo más, ciega. La mucha sombra mata. La mucha luz atañe solamente a la extensión. La mucha sombra atañe a la profundidad», escribe César Vallejo. Este párrafo no está en un tratado sobre la luz ni en un libro de poesía: es parte de una crónica que el poeta peruano publicó en 1927. Sin embargo, la belleza y hondura de esas palabras trascienden el contexto de publicación y se instalan en la zona de una escritura que fue, sobre todo, fiel a sí misma. En esa tensión entre lo reflexivo y la urgencia que exige un medio masivo de comunicación irrumpen los textos de Una experiencia del mundo. Publicado por la editorial independiente Excursiones, el rescate de las crónicas de Vallejo permite entrar, a través de la prosa, en el universo de quien construyó una poesía renovadora, fundamental para el siglo XX. Y tejida, a la vez, de zonas luminosas y opacas.
Esto es lo que afirma Carlos Battilana, a cargo del prólogo y la compilación de estos textos: «Sus poemas no sólo dan cuenta de una experiencia personal del mundo, sino que son un notable laboratorio de formas. Vallejo construye una voz poética desconocida e inclasificable. Trilce será la invención más categórica en este sentido». Y a la vez, como Rubén Darío, como José Martí, el poeta peruano practicó un género que define en gran medida la escritura latinoamericana. Atravesada por la heterogeneidad y la pugna de discursos, la crónica ha ido variando en sus características a lo largo del tiempo; desde los antiguos cronistas de Indias para acá. Leer los textos de Vallejo permite, sin embargo, trazar una zona de tradición, de pertenencia.
Para entender esto es conveniente recuperar algunos datos históricos. Vallejo nació en Perú en 1892. Publicó los poemarios Los heraldos negros en 1918 y Trilce en 1922, un hito de la vanguardia peruana. Luego de ser encarcelado en su país natal decidió viajar a París, donde instala e intensifica su producción literaria. Su militancia comunista le trajo varios problemas económicos y políticos. En ese contexto, la publicación en diarios fue un modo de sobrevivir a través de la escritura desde Europa. Esto queda reflejado en diversos tramos de este libro. En «Sobre el proletariado literario», Vallejo dice: «Raro es el gran escritor, el auténtico, que come y bebe del precio de su creación. Existe y existirá, hasta nueva orden, la corona de espinas para todo frontal sobresaliente y la esponja amarga para toda faringe irregular». Viajó a la Unión Soviética y tras ser expulsado de París, se mudó a España. Allí publicó, por ejemplo, Rusia en 1931. Reflexiones al pie del Kremlin. Poco después de volver a París, murió en 1938.
El libro —que reúne textos publicados desde 1924 hasta 1930—está dividido en tres secciones: «Experiencia del mundo», «Relatos sociales» e «Iluminaciones» (un título deudor de Walter Benjamin, también marxista e indagador de esas huellas capaces de decir mucho sobre el tejido social). Vallejo escribe sobre su presente con el Salón del Automóvil de París como excusa, sobre los mitos de una ciudad más ensombrecida de lo que el turismo espera, sobre un hombre que asesina a su esposa. Como dice Leonardo Sabbatella, también utiliza la crónica como arma de intervención crítica en el campo literario. «Ya en 1930 anuncia el fin del surrealismo con un texto que debe leerse no sólo como el obituario de Breton sino como una proclama de política literaria», observa el crítico. Vallejo también mete el dedo en la llaga cuando afirma que el colonialismo hunde sus raíces en la literatura y que Europa se apropia de recursos que en América latina florecieron sin necesidad de proclamarse como vanguardias.
El concepto de crónica en Vallejo está vinculado a una serie de impresiones, retratos incidentales y textos que dialogan con el concepto actual de la crónica. Con una lucidez abrumadora, Tomás Eloy Martínez trazó la genealogía de un género mestizo donde el poeta peruano es referencia ineludible: «En América latina nació la crónica, que es la semilla del periodismo narrativo. Su historia comienza con Daniel Defoe y su Diario del año de la peste, pero el origen de la crónica contemporánea está en los textos que José Martí enviaba desde Nueva York a La Opinión Nacional de Caracas y a La Nación de Buenos Aires en la década de 1880″. A esa tradición se incorporarían más tarde los reportajes de Vallejo, al igual que Borges, Arlt, Onetti y Carpentier. «Todos, absolutamente todos los grandes escritores de América latina, fueron alguna vez periodistas. Aunque Estados Unidos ha reivindicado para sí la invención o el descubrimiento del Nuevo Periodismo, de las factions o de las novelas de la vida real, como suelen denominarse allí los escritos de Truman Capote, Norman Mailer y Joan Didion, es en América latina donde nació el género y donde alcanzó su genuina grandeza», señaló Martínez.
De ahí la importancia de volver a leer estas crónicas, escritas por un autor canónico ahora pero desterrado de toda visibilidad mientras vivió. Él era plenamente consciente de esta situación —que padeció— y eso se evidencia, entre otros, en un texto donde escribe sobre obreros trashumantes de Estados Unidos llamados hoboes, corridos del sistema de racionalización capitalista: «Muchos de ellos son artistas y poetas. Hoboes fueron y son Walt Whitman, Jack London, Carl Sandburg. En las noches salvajes, el hobo solitario enciende el fuego en la jungla y lee los salmos antiguos. Los hoboes no van por los caminos. Van como todos los que protestan: a campo traviesa».
La voz salvaje de Vallejo retorna, convertida en sendero imprescindible para quien quiera saber qué aguas fluyen por la no ficción y por la poesía, dos géneros que tienen en común mucho más de lo que se cree. Estos textos también son demostración de ese encuentro.
Una experiencia del mundo. César Vallejo, compilado por Carlos Battilana. Editorial Excursiones
Fuente: La Capital, de Rosario.