Editorial Excursiones

“César Vallejo: Una experiencia del mundo”. La revista Op Cit reproduce fragmentos del libro. 2 de febrero de 2017.

A fines de 2016 la editorial de Buenos Aires Excursiones publicó una compilación de crónicas escritas por César Vallejo en Europa, con selección y prólogo de Carlos Battilana. El libro está articulado, mucho más que como una antología, al modo de segmentos (“Experiencia del mundo”, “Relatos sociales” e “Iluminaciones”) que agrupan la mirada hacia los acontecimientos culturales, políticos y estéticos del poeta que cambió el estado de la poesía panamericana del siglo XX. La edición incluye la muestra plástica de Claudia Mazzucchelli y Nessy Cohen, que conforma la composición visual de tapa, contratapa e interiores. Publicamos dos intervenciones extraídas del prólogo y una crónica que integra el volumen.

Dos fragmentos del prólogo, por Carlos Battilana

♦ Vallejo construye una voz poética desconocida e inclasificable. Trilce será la invención más categórica en este sentido. Poeta con preocupaciones sociales, no deja de absorber el legado de Rubén Darío acerca de los procedimientos como dispositivos cruciales de la comunicación literaria: “La forma es lo que primeramente toca a las muchedumbres”. Vallejo, en una carta enviada a Gerardo Diego, reconoce la complejidad del intercambio con el auditorio y las dificultades de la recepción: “Yo no sirvo para hacer cosas para el público, está visto. Solo la necesidad económica me obliga a ello”.  Como el mismo Darío, como Martí, como Julián del Casal, el poeta peruano practicó un género que define, en gran medida, la escritura latinoamericana: la crónica. Este género hace de la heterogeneidad, la mezcla y la pugna de discursos una trama que es uno de los rasgos fundamentales de la institución literaria latinoamericana.

♦ Postuló un arte que pudiera transformar su carácter comunicativo, y puso en cuestión los vocablos con el fin de resignificar su herencia y su convención lingüística. César Vallejo huyó tanto del carácter decorativo del lenguaje como del “buen gusto” burgués y, en cierto sentido, inventó un idioma poético que pudo destilar una vibración desconocida. Al reflexionar sobre la “poesía nueva” en un artículo que, precisamente, lleva ese título, destacaba que un poema no debería, necesariamente, incorporar palabras flamantes, como “cinema”, “telégrafo” o “jazz band”. Explica: “Muchas veces un poema no dice ‘cinema’, poseyendo, no obstante, la emoción cinemática de manera oscura y tácita”. El poema, más que usar vocablos recientes, en todo caso, tendría que despertar una nueva conciencia, un nuevo estremecimiento y una nueva comprensión.

La defensa de la vida, por César Vallejo

Yo no puedo consentir que la Sinfonía pastoral valga más que mi pequeño sobrino de cinco años llamado Helí. Yo no puedo tolerar que Los hermanos Karamazov valgan más que el portero de mi casa, viejo, pobre y bruto. Yo no puedo tolerar que los arlequines de Picasso valgan más que el dedo meñique del más malvado de los criminales de la tierra. Antes que el arte, la vida. Esto debe repetirse hoy mejor que nunca, hoy que los escritores, músicos y pintores se las arreglan para evadir la vida a todo trance. Conozco a más de un poeta moderno que suele encerrarse en su gabinete y sacar de allí versos desconcertantes de ingeniosidad, ritmos habilísimos, frases en las que la fantasía llega a espasmos formidables. ¿Su vida? La vida de este poeta se reduce a dormir hasta las dos de la tarde; levantarse sin la menor preocupación, o, a lo más, bostezando de tranquilidad y aburrimiento, y ponerse a almorzar con buenos cigarros hasta las cuatro de la tarde; leer luego sus versos ultramodernos, hasta que vuelve a tener hambre a las ocho de la noche. A las diez de la noche está en un café de artistas, comentando regocijadamente los dichos y hechos de los amigos y colegas y a la una de la mañana torna a su cuarto, a forjar nuevos versos, hasta las seis de la mañana, en que se queda dormido. De una existencia tal sale, como he dicho, una obra plena de imaginación, rebosante de técnica, deslumbrante de metáforas e imágenes. Pero, de esa misma suerte de existencia no sale más, de allí no puede salir más que una gran técnica en el verso y una suma y sutil habilidad de composición. En cuanto al contenido vital, nada.
En estos poemas burgueses, que viven a sueldo de gobierno o con pensión de familia, sobrevive la tara lacaya y sensual de los peores tiempos cortesanos. Ni un adarme de inquietud humana, fuera de su preocupación malabarística. Ni un átomo de zozobra sincera, de miedo a las disyuntivas eternas de las cosas o al hambre y el infortunio personal siquiera. Con dinero suficiente para subsistir mediocremente, carecen hasta de ansias circunstanciales, como las de comer y beber mejor. Estos artistas andan por el medio de las cosas, como diría Giraudoux. No van por la acera derecha por pereza de buscarse un contrapeso –instinto ideal– para la acera izquierda. Y viceversa. Espíritus tranquilos, completos, equilibrados, prudentes, cobardemente dichosos. Ni se rompen un brazo en un tren, ni almuerzan demasiado nunca. No deben ni dan prestado. No sudan ni lloran. No se embriagan de alcohol ni pasan un insomnio. Orgánicamente ecuánimes, constituyen la imagen más pura de la muerte.
Su vocación artística es más bien esclavitud y servidumbre. Un día le dijeron a uno de ellos lo siguiente: “En un incendio se presenta un dilema: cortar la mano a un bombero para salvar un Greco, o dejar intacta esa mano y perder la tela entre las llamas ¿Qué prefiere usted, la mano del hombre o la obra del hombre?”.
–¡Que le corten la mano al bombero en buena hora y sálvese el cuadro! –respondió sordamente el artista imaginativo, el maravilloso hacedor de imágenes, el técnico perfecto.
Estos artistas pretenden estafar a la vida. No lo lograrán.

El Norte, Trujillo, 21 de noviembre de 1926

Fuente: Op Cit.

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Esta entrada fue publicada el 21/04/2017 por en Prensa.
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