Editorial Excursiones

“Lo impropio permite resignificar al comunismo”, por Pablo E. Chacón / Télam / 23-01-2013

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El libro, recién publicado por la casa “Excursiones”, es un objeto de particular belleza: viene acompañada por dos reproducciones originales de artistas, elegidos y coordinados por Martín Di Paola.

Tatián nació en Córdoba en 1965; graduado en Filosofía en la Universidad Nacional de Córdoba, especializado en la filosofía de Spinoza, ha escrito varios libros sobre ese pensador y cantidad de ensayos, algunos recuperados en este libro, que componen la revista Nombres, orientada por Oscar del Barco.

TÉLAM:

¿Podrías definir que entendés por “impropio”, y si opera por oposición a lo “propio”?

TATIÁN:

Se trata de un término que busca entrar en constelación con otros que en el pensamiento contemporáneo comienzan con un prefijo negativo, como lo “impersonal” —que emplea Simone Weil en un ensayo muy importante sobre La persona y lo sagrado—, lo “inhumano” —desarrollado por Jean-Francois Lyotard en un libro de ensayos y conferencias—, o la categoría de “no-sujeto de la política”, en la que está trabajando el filósofo español Alberto Moreiras por relación al “pensamiento post-hegemónico”.

Aunque en el libro casi no aparece desarrollada de manera explícita, “lo impropio” es una expresión que sintoniza con una búsqueda general de estos ensayos en cierto modo muy distintos, y procura nombrar algo que acompaña la aventura humana de lo que no disponemos. El pensamiento, el lenguaje, la memoria en su núcleo involuntario, están atravesados de impropiedades que los despoja de su carácter instrumental y disipa toda ilusión de dominio.

Lo impropio no es algo con lo que se pueda hacer algo; sólo es pasible de una lucidez que se obtiene en el arte, la política la filosofía, en personajes de la literatura como Bartleby o Jacob von Gunten.

TÉLAM :

Lo impropio, ¿tiene alguna relación con lo común, lo comunitario, el comunismo en su sentido “original”? ¿Cuál sería esa relación, si la hubiera?

TATIÁN:

Lo impropio es lo común, lo que no es propiedad de nadie (que no equivale a decir que es propiedad de todos) y no podría ser objeto de apropiación, individual ni colectiva. Pero eso común no es algo que esté ya ahí, autoevidente y al alcance de todos. Es lo que resulta de una tarea, de una experiencia, a veces de una vida entera; es siempre un descubrimiento, un hallazgo y puede ser muy minoritario.

Ese fondo inapropiable, impropio, es lo que hace posible la comunidad —y si se quiere permite resignificar el comunismo— como construcción de la diferencia y como deseo de otros. Comunidad no se define tanto por lo que es propio de un colectivo humano, que conformaría así una homogeneidad, una anterioridad sustancial, una identidad, sino por una indeterminación y un no saber. La política se abre hacia declaraciones de igualdades y de libertades nuevas gracias a esa indeterminación.

TÉLAM:

En el libro aparece una serie de categorías (irrepresentable, incalculable, inapetencia) que se orientan en una dirección, creo, contraria a la que define el universo clasificatorio y numérico de la tecnociencia contemporánea.

TATIÁN:

En mi opinión es necesario forjar un saber del hombre no reducido a las antropotécnicas y las representaciones que están a la base de la biotecnología contemporánea; un saber que permita mantener abierta la humanidad como un enigma.

Sabemos hoy que la expresión “derechos humanos” establece un significante bajo cuya invocación es posible llevar a cabo bioguerras, promover masacres y limpiezas étnicas, naturalizar campos de hacinamiento en los que se hallan suspendidos todos los derechos y las más elementales garantías jurídicas.

La usurpación de los derechos humanos para asesinar en su nombre (una articulación de genocidio y humanitarismo de extrema eficacia militar, política y retórica, ya que los mismos aviones arrojan bombas y cajas con alimentos y medicinas en las mismas poblaciones, que no sabrán cuándo sucederá una cosa y cuándo la otra), revela la necesidad de disputar el concepto y reinscribir el litigio en su interior.
El trabajo de la filosofía, de la escritura, del arte, se orienta —como “resistencia”— a testimoniar y preservar esta inhumanidad (algo “privado de habla, incapaz de mantenerse erguido, vacilante sobre los objetos de su interés, inepto para el cálculo de sus beneficios, insensible a la razón común…”) y plantear un “conflicto de las inhumanidades”.
Si lo propio del hombre es estar habitado por lo inhumano -que en rigor no es algo “propio” sino más bien im-propio, la violación de los derechos del hombre (la deshumanización social, económica, biopolítica) lo es tanto respecto de la humanidad del hombre como de lo inhumano que hay en él.

TÉLAM:

¿Podrías explayarte sobre las supuestas diferencias entre un sujeto y una ostra, y cómo, desde esa pregunta, llegás a pensar la misantropía?

TATIÁN:

En un ensayo muy singular en el que, bajo la inspiración del estoicismo romano, defiende el derecho al suicidio, David Hume comienza con esa pregunta radical: ¿por qué la vida humana sería más importante para el universo que la de una ostra? Quizás sea esta la pregunta más radical de la filosofía y de respuesta más incierta, si se prescinde de la religión.

En cualquier caso es una manera de formular la pregunta por el ser humano y por su cuidado, amenazado por potencias que procuran un “más-allá-del-hombre” pero en un sentido no nietzscheano sino tanático; un más allá que es la destrucción del ser humano tal y como existió por siglos. Decir ser humano en este sentido es decir una criatura afectada por el erotismo y por la muerte propia.

Con la palabra “misantropía” me refiero a la destrucción de la forma-hombre (no necesariamente del hombre físico) en los dos aspectos decisivos que lo especifican como tal: el erotismo y la muerte. Esa misantropía se expresa en un conjunto de antropotécnicas que en el inicio de sus posibilidades han mostrado ya todo lo que pueden hacer y anuncian el reino del Übermensch luego de haber invertido la función clásica del poder de castigar —cuyo formulación extrema era “hacer morir y dejar vivir”— en la función biopolítica de “hacer vivir y dejar morir”, tal como nos lo han mostrado los últimos escritos de (Michel) Foucault.

Más-allá-del-hombre en cuanto replicación e inmortalidad, clonación y criogenia; condición sin nombre en la que el erotismo ha dejado de ser el fundamento trágico de la vida y la muerte. Se  presenta como pulsión de muerte y nostalgia de la condición pre-sexual y pre-mortal. No muerte absoluta sino estado de diferenciación mínima entre seres vivos, estado de pura repetición de seres idénticos como “solución final” del problema humano, liberado finalmente del erotismo y de la muerte.

Una antigua pulsión misantrópica ha hallado al fin su forma en esta utopía de inmortalidad. Frente a ella tal vez sea necesario volver a los filósofos y tomar prestado de ellos su verdad última —que adopta ahora una dimensión política de resistencia—; la insistente lucidez que no han dejado de comunicar una y otra vez, “que filosofar es aprender a morir”.

Ver nota original, ACÁ

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Esta entrada fue publicada el 25/01/2013 por en Prensa.
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