Editorial Excursiones

“Un lector para su época”, por Miguel Angel Petrecca / Revista Ñ – diario Clarín / 04/03/13

“No leer”, del chileno Alejandro Zambra, reúne textos sobre escritores y libros y se ubica en una zona estimulante que cruza ensayo, crónica y recuerdos.

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La novísima editorial Excursiones, dedicada al ensayo argentino y latinoamericano, decidió lanzarse al ruedo con un volumen que reúne crónicas y ensayos sobre literatura del poeta y novelista chileno Alejandro Zambra. Se trata de una versión ampliada de la edición chilena, compilada y editada tiempo atrás por Andrés Braithwaite. El título del libro (No leer) proviene de uno de los mejores ensayos del conjunto pero también alude, como se explica en la nota introductoria, al “placer de no leer algunos libros”, un placer que Zambra dice haber descubierto al abandonar la crítica literaria semanal.

  

Ensayos bonsái

El libro está dividido en tres partes: la primera (la más extensa) y la segunda contienen reseñas de libros, retratos de escritores, crónicas y ensayos sobre temas tan diversos como la experiencia de viajar con libros, el oficio de escribir, la lectura en fotocopias y, como señala el título del libro, la no lectura. La última parte, en cambio, con apenas dos textos, funciona como una coda y está más enfocada en el surgimiento de su voz narrativa. Todos los textos, más allá de esta división, tienen en común el pertenecer a un territorio híbrido, entre la prosa periodística, la crónica y la ensayística, al cual le sienta bien el término “ensayo bonsái”, acuñado por Fabián Casas.

El libro, en su conjunto, puede verse como una historia personal (y por momentos generacional) de la lectura: la historia de la formación de Zambra como lector. Esta historia abarca, por un lado, la creación de un panteón de autores. Ahí la presencia de numerosos poetas nos recuerda que Zambra comenzó escribiendo poesía antes de convertirse en narrador. Los nombres también permiten trazar las dos coordenadas básicas del espacio donde se para Zambra como escritor: hacia dentro de Chile, en el polo antipoético opuesto a la retórica nerudiana; hacia afuera, recortado contra el fondo del boom latinoamericano, del que hace una lectura crítica, inclinándose por autores laterales, como Julio Ramón Ribeyro.

En tanto biografía de un lector, por otro lado, No leer nos muestra diferentes prácticas de lectura y momentos fundantes de esa biografía. Así, en “Lecturas obligatorias”, que no casualmente abre el volumen, Zambra se remonta a sus orígenes como lector. Tras contar cómo su profesora de castellano del Instituto Nacional les dio una semana de plazo para leer Madame Bovary, señala: “Así nos enseñaron a leer: a palos. Todavía pienso que los profesores no querían entusiasmarnos sino disuadirnos, alejarnos para siempre de los libros”. En “Elogio de la fotocopia”, en cambio, remite a la experiencia de una generación, para la cual la fotocopia significó una posibilidad de acceso a la cultura, comparable a lo que poco después permitiría Internet: “Es bueno recordar que aprendimos a leer con esas fotocopias que esperábamos impacientes, fumando, al otro lado de la ventanilla. Unas máquinas enormes e incansables nos daban, por pocos pesos, la literatura que queríamos. Leíamos esos tibios legajos y luego los guardábamos en las repisas como si fueran libros. Porque eso eran para nosotros: libros. Libros queridos y escasos. Libros importantes”. Por último, en “Cuatro personas”, reflexiona sobre la importancia del cenáculo literario y sobre el papel que cumple en la formación de un escritor joven la lectura solidaria entre un pequeño grupo de escritores-lectores que se influyen y critican mutuamente.

La prosa de Zambra es culta y entretenida. Maneja con destreza el humor (sobre todo en su variante irónica, como en “Contra los poetas”) y también un tono más grave, cuasi elegíaco por momentos, como en la crónica y retrato que le dedica al gran poeta Gonzalo Millán. “Apuntes sobre Gonzalo Millán” es el nombre de este ensayo, y en él Zambra hace un balance de la obra y la vida de Millán a través de tres momentos: el de Relación personal, su primer libro, de 1968, que Zambra lee como el reverso de un proyecto novelístico frustrado; Veneno de escorpión azul, el diario que llevó Millán, enfermo de cáncer terminal, durante su último año de vida; y por último Archivo Zonaglo, donde narra su encuentro personal con Millán y se detiene en las fichas que este elaboró y atesoró a lo largo de años. El retrato que construye es lúcido y entrañable, como son los que les dedica a Nicanor Parra, a Ribeyro y a Bolaño. En cada uno de ellos transmite efectivamente la pasión del lector.

Leer, después escribir

Al comienzo del libro Zambra cuenta que durante un tiempo, cuando todavía no había publicado su primera novela y vivía de escribir reseñas, tuvo miedo de transformarse en el crítico literario de su generación: temió convertirse en el eterno lector de los libros de los otros. Es este lugar, sin embargo, “el lugar del lector”, el que Zambra, como Borges, termina reconociendo aquí como su destino. Escribimos, dice, los libros que querríamos leer. Escribir es, en ese sentido, “leer un texto no escrito”.

Ver nota original, ACÁ.

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Esta entrada fue publicada el 07/03/2013 por en Prensa.
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