Editorial Excursiones

“Signos en el aire”, un anticipo del libro Un signo incompleto, de Paulo Leminski, publicado en Radarlibros el 25 de noviembre de 2018

Quien escribe como se escribía hace veinte años sale de los libros de literatura, no de la vida. ¡Hay que innovar! Hay que aprender de la vida, que es la madre inagotable de todos los procesos, formas y estructuras. Yo prefiero la vida, ese signo siempre incompleto. La poesía, para mí, tiene que ser alegría y esperanza. El puro júbilo del objeto, esplendor del aquí y ahora. O el silbo de una canción que acompaña nuestro camino en el viaje a la Utopía.

Muy pronto me di cuenta de que la poesía no cambia ni mierda de lo real histórico. Quien quiere hacer de la poesía una bandera de guerra o tribuna se equivocó de profesión y eligió mal el instrumento. No digo que la poesía no pueda brotar de lo político o social más explícito. Puede. Y hasta diría que debe, en un país como este. Pero que salte al modo específico de la poesía, en el ser del lenguaje.

Quieren trasladar la gravedad de los temas que abordan (el obrero, la miseria, el hambre, la desgracia) a su poesía. Pero un poema convencional sigue siendo mediocre aunque embista contra toda la opresión del mundo. Fenómeno más de sociología de la literatura que de poesía, llegará un día en que casi todos esos poemas sociales no serán más que índice del estado espiritual de nuestras élites de escritorzuelos, en esta época fea y triste de nuestra historia.

¿Qué quedó de la inmensa literatura y poesía abolicionista y republicana que se ocupó de Brasil al final del Imperio?

La poesía habla una lengua. La historia otra.

Un movimiento interior

Del judo aprendí mucho en términos de poesía, aprendí a contar siempre con mis propias fuerzas, a sacar de dentro de mí mismo todo lo necesario para el momento decisivo, y sobre todo la capacidad para no titubear ante una intuición, porque, al igual que en la poesía, en las artes marciales cualquier segundo de vacilación puede ser fatal, puede provocar el fracaso de un golpe. Sea en karate, judo o aikido, o incluso en capoeira, cualquier titubeo puede significar el fracaso de un golpe o de un movimiento. En materia de poesía, lo que hoy busco no es el tallereo, es decir, trabajar y trabajar hasta que ese algo quede bonito. No… Es hacer un movimiento de tal forma fiel a un movimiento interior que salga con la precisión de un golpe de karate.

Para mí la poesía es un inutensilio. La única razón de ser de la poesía es que forma parte de aquellas cosas inútiles de la vida que no necesitan una justificación porque ellas son la propia razón de ser de la vida. Querer que la poesía tenga un porqué, querer que esté al servicio de alguna cosa, es lo mismo que querer, por ejemplo, que un gol de Zico tenga una razón de ser, que tenga un porqué más allá de la alegría de la multitud. Es lo mismo que querer, por ejemplo, que un orgasmo tenga un porqué. Es lo mismo que querer, por ejemplo, que la alegría de la amistad, del afecto, tenga un porqué. Yo creo que la poesía forma parte de aquellas cosas que no necesitan un porqué.

¿Para qué por qué?

El resto inmortal

No quería morir del todo. No lo mejor de mí. Que lo mejor de mí no se perdiera, pues sobre el más allá no tengo más que dudas.

Quería dejar en este planeta no solo un testimonio de mi paso por él, pirámide, obelisco, entradas en una oscura enciclopedia, campos donde ya no crece más la hierba.

Quería dejar mi proceso de pensamiento, mi máquina de pensar, la máquina que procesa mi pensamiento, mi pensar transformado, máquinas objetivas, fuera de mí, sobreviviéndome.

Durante mucho tiempo, alimenté ese sueño desesperado.

Un día, tuve una intuición. Esa máquina era posible.

Tenía que ser un libro.

Tenía que ser un texto. Un texto que no fuera como los demás, que no fuera solo un texto pensado. Necesitaba un texto pensante. Un texto que tuviera memoria, que produjera imágenes, de raciocinio.

Sobre todo, un texto que sintiese como yo.

Al partir, dejaría ese texto como un astronauta solitario deja un reloj sobre la faz de un planeta desierto.

Desde luego, yo podría haber elegido a un ser humano para esa tarea. Bastaría con encontrar a un alumno. Pero las personas no son previsibles. Un texto sí.

La impresión de mi proceso de pensamiento no podría estar en la elección de las palabras ni en el rol de los eventos narrados. Tendría que estar inscripto en el propio movimiento del texto, en los flujos de su dinámica, traduciendo para el juego de sus mañanas y sus mareas.

Un texto así no podría ser fabricado ni forjado. Únicamente podría ser deseado.

Él mismo escogería, si así lo quisiera, el momento de su aparición.

Todo lo que me quedaría por hacer en esa trayectoria sería estar atento a todos los impulsos, incluyendo los más ciegos, sin saber nunca si el texto viene o no.

Claro, un texto así se llevaría, por lo menos, una vida entera. En el mejor de los casos.

Salgo de la embriaguez de vivir

Este puede ser mi último texto. Tal vez repita el destino de Fernando Pessoa, a los 44 años y del mismo mal. Nunca me interesó envejecer, siempre amé la juventud. Quiero reposar en Curitiba, al son de los Beatles, con mi kimono de cinta negra. Salgo de la embriaguez de vivir para el sueño de otras esferas.

Estos fragmentos pertenecen a la edición de Un signo incompleto de editorial Excursiones, compilado y traducido por Iván García. En el prólogo, García señala: “En esta antología he querido reunir las intuiciones y reflexiones de Leminski sobre poesía en un sentido amplio. El lector hallará materiales sobre danza, música, filosofía, fotografía, artes marciales, lengua, vanguardia y poesía. He reunido documentos que van de 1976 a 1989, año de la muerte de Leminski. Todos ellos los fui recogiendo a lo largo de varios años, extrayéndolos de libros, revistas, periódicos, cuadernillos, documentales y videos de aficionados. Algunos son muy pocos conocidos incluso en Brasil”.

 

Fuente: Página 12.

Anuncios

Información

Esta entrada fue publicada el 21/12/2018 por en Prensa.
A %d blogueros les gusta esto: