Editorial Excursiones

“En la línea mortal del equilibrio”. Reseña de José Miccio sobre Notas de campo, de Hernán Ronsino, en BazarAmericano, julio de 2018.

El primer párrafo de la contratapa de Notas de campo dice: “Este libro da cuenta del viaje de un escritor por los diferentes territorios que marcaron su formación y las huellas que este recorrido dejó en su prosa. Episodios de su infancia, relatos de su abuelo y de sus viajes por distintos países se mezclan con las lecturas que lo marcaron”. Es una buena presentación. Huellas y marcas: de eso habla siempre Ronsino. O lo que en su libro es lo mismo: de la experiencia, con las ya clásicas (o previsibles) citas de Benjamin y de Agamben. La idea que reúne los trece textos de Notas de campo es la siguiente: está la vida, está la escritura, y están los vínculos que las reúnen, y cuyas formas variables trata de descubrir Ronsino.

El libro tiene tres partes. La primera (“Huellas”) está formada por cinco textos que se mueven entre el ensayo y la autobiografía. La segunda (“Lecturas”, que es otro modo de decir “Huellas”) por siete textos plenamente ensayísticos. La tercera (“Tensiones”, compuesta por un solo capítulo: “La escritura y la máquina”) es la más declarativa: ahí Ronsino dice con nitidez lo que significa para él la literatura.

Ronsino es un escritor con carrera universitaria. Un tipo formal. Se nota en la bibliografía, en las opiniones y en la profusión de comas. Citar a Blanchot no le impide citar a Sartre unos renglones después, como si la continuidad entre los dos no solo fuera posible sino que no necesitara la elaboración de un espacio común, que se presenta como ya dado. Es un problema habitual en la escritura académica (mundo del que los textos de Ronsino conservan numerosas huellas): las autoridades se juntan por su condición de autoridades, independientemente de sus diferencias e incluso de los combates que alguna vez hayan librado. No es que Ronsino sume sin criterio. Claro que no. Es que su reclamo de una escritura ligada a la experiencia, la historia, el sujeto y lo humano obliga a pensar en estas cosas. Si hay un manifiesto, está al final. “La escritura y la máquina” habla, sin concederles mucho valor, de ciertos experimentos ligados a internet y termina por afirmar una opción alternativa:

Frente a la escritura a la que solo le interesa el presente desacoplado del pasado, la escritura que se enlaza con el pasado para discutir tradiciones, herencias. Frente a la escritura que desprecia la memoria, organizada por un algoritmo, una escritura con memoria crítica, hecha por sujetos. Si esta última es una postura vieja, anacrónica, anticuada, poco atractiva, es, de todas maneras, para mí, la postura que le permite a la literatura seguir siendo un atributo humano. Lo humano en busca de lo humano, decía Gombrowicz; ese, sin dudas, es el gran desafío, la gran aventura que la literatura sigue proponiendo”.

Las palabras de Gombrowicz suenan notablemente poco gombrowiczianas en el texto de Ronsino. Queda el nombre, no la fuerza desquiciada del polaco, que se convierte en garante de unas ideas que están lejos de su propia literatura. Lo que dice la cita es el modo de leer de Ronsino: todo lo que toca se vuelve extremadamente serio, incluso Gombrowicz, que dedicó su vida a demoler la seriedad. Por esto mismo Notas de campo funciona perfectamente como un autorretrato intelectual. Después de leer los trece textos conocemos bien al autor. Este escritor lee, de esta manera, y esto piensa de la literatura.

Ronsino es un escritor responsable más que un escritor comprometido. Es la figura que mejor le queda a una literatura que se sabe alejada de lo que habitualmente llamamos política pero no deja de reclamarla porque piensa que no puede bastarse a sí misma, y que si pudiera no debería hacerlo, porque hay un mundo, y ese mundo exige atención y forma. En un momento (no en cualquiera, además: en un texto sobre Haroldo Conti) Ronsino escribe: “Todo proyecto literario supone un compromiso político: el espacio que la palabra irá inventando desnudará ese compromiso”. No es una tesis entre otras. Asegura respetabilidad. Ronsino no necesita volverla sensible (quiero decir: buscarla en los textos). Le alcanza con decirla y confiar en que la palabra política redima una actividad tal vez inútil como la literatura, sin por ello llevarla a un territorio que la obligue al compromiso. En la vereda de enfrente de esta idea está César Aira (el idiota, el solipsista, el alienado). No lo menciono porque sí. Ronsino dice que es importante conocer las tradiciones y buscar en ellas un lugar. Eso hace. Lee a Saer desde Conti y Wernicke, y a estos tres autores, y a todos los demás (Hemingway, Pavese, Gombrowicz, Kafka, Beckett) desde Ricardo Piglia, a quien dedica un texto (cuyo nombre: “Piglia: la experiencia literaria”, dice buena parte de Notas de campo), y a quien invoca de entrada, en el primer capítulo (“En el reborde de todas las cosas”), que empieza con la oración “Hay un relato.”, como si respondiera a la pregunta con la que empieza Respiración artificial.

Piglia es una referencia perfecta porque permite el equilibrio, que bien puede ser la palabra clave de Notas de campo. El mejor texto del libro (“Viaje alrededor de Escocia en 1814”) funciona también como ars poetica. Ronsino cuenta que Walter Scott participó de una expedición que tenía como objetivo “fundar fuertes y emplazar faros en las irregulares costas de escocia”. Scott llevó un diario. Los primeros días registran la incomodidad física. Es un viaje difícil. Después, las cosas se asientan. “No hay mareos, comenzamos a hacernos marineros”, anota Scott. Ronsino encuentra acá una imagen de la literatura, que combina movimiento y arraigo. “Podríamos decir que escribir es la combinación justa, el equilibrio exacto entre esas dos variables”. Se trata de una posición muy respetable, que lo ubica, efectivamente, en la línea de Piglia (que tuvo siempre una relación ambigua con esta idea, si hacemos caso a sus diarios) y de tantos otros. Pero no de Gombrowicz, ni de Beckett, ni del mejor Saer, que bien podrían decir otra cosa que la que dice Scott. Por ejemplo: “Hay mareos. Comenzamos a hacernos escritores”.

Una última cosa. La excelente edición de Excursiones incluye la reproducción de dos acrílicos de Tulio de Sagastizábal (El sol en sombras 22 y Trotamundos 1), obras abstractas que tienen el interés añadido de no combinar del todo bien con los textos de Ronsino, que, como queda claro, abogan por una literatura representativa.

(Actualización julio – agosto 2018/ BazarAmericano)

Fuente: BazarAmericano.

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Esta entrada fue publicada el 07/08/2018 por en Prensa.
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