Editorial Excursiones

“Discusiones en torno a Eva”, de Hernán Ronsino / Eterna Cadencia / 11-12-12

evita

Hace poco, en una mesa de debate, escuché algo así: “¿Quién será el que baje del edificio de Desarrollo Social la figura de Eva Perón?” Y casi de inmediato pensé en La fiesta del monstruo. Leí La fiesta del monstruo en la década del noventa. Estudié al peronismo en esos años de despolitización, de ligereza estética. El peronismo como movimiento que integra a los trabajadores estaba siendo vaciado, liquidado. En los pasillos de la facultad de Ciencias Sociales las mesas de agrupaciones políticas estaban dominadas por tendencias de izquierda, es decir, por discursos que no estaban anclados en una realidad cercana. Y si existía alguna agrupación nacional y popular se trataba, más bien, de una agrupación menor, insignificante. Por lo tanto estudiar al peronismo en esos años era estudiarlo como un objeto histórico, pasado de moda. Recuerdo, en ese sentido, haber visto Perón sinfonía de un sentimiento como una película antropológica que me devolvía un país desaparecido. Yo nunca fui contemporáneo a un movimiento popular vivo, es decir, que tuviera capacidad de intervenir en la realidad: que tuviera poder. Justamente por eso, siento, comprendí La fiesta del monstruoen todas sus dimensiones recién en estos últimos años. Cuando esas representaciones burlonas o paranoicas, como dice Piglia, del relato de Borges y Bioy, se encarnaban en los sujetos del presente. Y cuando esa vitalidad de lo popular –que había sido desgarrada y volvía– reactivó, a su vez, los viejos fantasmas, las tensiones más profundas de la historia argentina. En esa tensión se concentran, creo, los núcleos centrales de las discusiones contemporáneas. La problemática, otra vez, que instala la vitalidad política de lo popular. De eso, estoy seguro, estamos discutiendo.

El verdadero problema humano –dice Diego Tatián en su reciente libro Lo impropio– comienza con la presencia de otro”. Publicado por la interesante Editorial Excursiones, Tatian reflexiona sobre el significado de esa huella que Robinson Crusoe descubre, después de años de soledad, en la arena. “El indicio de otro” desata el miedo. Pero funda, como dice Tatián, de algún modo, lo político. Esa huella, viva, que descubre Robinson Crusoe es, a su vez, la única que hace posible la idea de comunidad. Y lo impropio que vive dentro de la comunidad. Cuando lo popular revive, a través de la política, cuando esa huella es una huella genuina que regresa, inevitable, surge la pregunta por el otro, la pregunta por la posibilidad de una comunidad. La imagen de Evita –las dos caras de Evita– en el edificio de Desarrollo Social es un símbolo de esa huella que regresa. Antes, en la década del noventa, por ejemplo, esa huella estaba desaparecida. El contraste es interesante. Hay una escena en la nueva novela de Edgardo Scott, El exceso (Gárgola), que puede funcionar como condensación de eso que no estaba. La novela, estructurada en cinco partes (cada parte narra el perfil de un personaje distinto) cuenta en definitiva la vida y el entorno de un ministro de la provincia de Buenos Aires en los años noventa, la vida de Augusto Valle. La novela construye un clima moroso para mostrar –con una mirada aguda y reflexiva– el vértigo de los años noventa: la corrupción, la desidia. Ese clima moroso –con una prosa cuidada y larga, con una respiración bernhardiana, diría– es la distancia que la novela se toma para mirar en términos críticos esos años de frivolidad. La novela de Scott, de este modo, puede ser leída en diálogo con El traductor de Benesdra. La escena, entonces, que refiero de El exceso sucede en la parte que narra al ministro. Avanzan en un auto oficial por la 9 de julio y Valle piensa en monos después de ver a chicos pidiendo en los semáforos; imagina a King Kong trepando por el edificio de Desarrollo Social. Y no entiende cómo fue posible que se haya construido semejante momia, dice Valle. A ese edificio lo quieren voltear. Porque molesta. Por lo tanto, leer esa escena ahora que la huella está viva, es decir, las caras de Evita flanqueando el edificio de Desarrollo Social, produce un efecto disruptivo que historiza las luchas y a su vez desnaturaliza lo cotidiano.

La vitalidad política de lo popular –el eje de las tensiones actuales–  devuelve a la superficie algo que atraviesa a toda sociedad, el conflicto. Algo que nunca desaparece, que puede estar controlado o negado, pero que existe. El conflicto regresa en los últimos años. Como regresa, dice Gustavo Ferreyra en la dedicatoria de su novela El director y como desarrollará después en Piquito de oro, Santillán ante la agresión sufrida por Kosteki. Santillán regresa y quiebra un derrotero, dice Ferreyra.

En el cuento “La fatalidad de las cosas”, incluido en el reciente volumen de cuentos Bailando con los osos de Fernando Krapp y editado por 17 Grises, también hay un retorno: reaparece una pelea, una disputa, un conflicto de otra época que se actualiza. El celador Gielty ahora vende cinturones arriba de los trenes suburbanos. Está viejo y una noche es reconocido por alguien. Collins, a punto de ser contador, ancho de espaldas, se le atreve al viejo celador acabado como alguien que se atreve a enfrentar un recuerdo que duele. El cuento de Krapp no sólo puede pensarse como la reescritura de uno los mejores cuentos de la literatura argentina y como la inscripción, por lo tanto, del autor en una tradición que le interesa, también podemos pensarlo como una manera de recuperar el conflicto en términos políticos. La pelea regresa. Con sus formas viejas. Pero también como posibilidad. Regresa sobre los espectros de un ferrocarril que recorre los suburbios en la noche.

¿Quién será, entonces, el que baje del edificio de Desarrollo Social la figura de Eva Perón?”, se preguntaba alguien, hace poco, en una mesa de debate. Sólo la violencia, fundada en el mismo miedo que siente Robinson Crusoe ante la huella del otro, como dice Tatián, puede hacerlo, puede quitar la figura de Evita. La violencia, en definitiva, que niega al otro y hace imposible, así, el espacio de una comunidad.

Leer nota original acá.

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Esta entrada fue publicada el 12/12/2012 por en Prensa.
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