Editorial Excursiones

Reseña de Un signo incompleto de Paulo Leminski por Marcelo Garmendia para El Diletante el 3 Julio 2019

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En el proliferante universo de las editoriales independientes argentinas, se destacan aquellas que tienen un perfil bien definido, sustentado en un concepto potente y una estética reconocible. La cuestión, claro, es diferenciarse del resto, poniendo una nota a la vez disonante y necesaria. Un ejemplo claro en este sentido es la editorial Excursiones. A través de un catálogo creciente, variado y sustancioso, sobresale por la singularidad de su propuesta, enfocada en el ensayo latinoamericano. Articulado a partir de ese recorte preciso, el concepto se afina y enriquece mediante la presentación de un autor por sí mismo. Se trata por lo general de una compilación de ensayos, en los cuales se hace visible la médula del pensamiento de un autor a través de las herramientas conceptuales que estructuran su obra. La nómina de elegidos es amplia y variada, y muy inteligentemente rehúye a la tentación de conformar un canon uniforme, afín a una estética o a una línea de pensamiento. Incluso hay una muy interesante horizontalización territorial y generacional. Los argentinos Sergio Chejfec, Sara Gallardo, Mercedes Roffé, Carlos Gamerro y Néstor Perlongher, conviven con sus coterráneos más jóvenes Ezequiel Alemian, Félix Bruzzone y Hernán Ronsino, estos con el chileno Alejando Zambra y el mexicano Luigi Amara, y todos a su vez con próceres insoslayables como César Vallejos y Alfonsina Storni. En la mayoría de los casos, los libros están compuestos por compiladores, que trabajan acotando y ordenando lo disperso, tarea indispensable en épocas en las que la superabundancia de datos es tal que acaba resultando inabordable. Esta suerte de curaduría de autores y de textos es uno de los grandes aciertos de esta editorial, que se replica en el costado estético con la presentación en cada libro de un artista plástico. La propuesta en este caso se limita a la inclusión de dos reproducciones en forma de tarjetas, más los datos biográficos en la contrasolapa. Se trata de un mero señalamiento ilustrado, a sabiendas de que el lector interesado puede rastrear en la redes al artista en cuestión.

Debido a su generosidad estética, los libros de la editorial Excursiones son objetos deseables, y en razón del recorte preciso que propone, incluso coleccionables. El catálogo completo es una suerte de enciclopedia en proceso del pensamiento de una serie de autores (más las imágenes de una serie de artistas), cuya totalidad compone un friso disperso, que se niega a la síntesis concluyente y a la uniformidad, y que por el contrario se deleita en la heterogeneidad y la dispersión. El conjunto va delineando un mapa inestable del pensamiento latinoamericano, y en tal sentido cada libro propone una “excursión” por un recodo de ese territorio que revela su riqueza en los contrastes. Este es un caso ejemplar en el que es posible, y recomendable, entregarse a la experiencia de “leer una editorial”.

La última entrega de esta preciada colección es una compilación de ensayos, disertaciones, cartas y entrevistas, del poeta y ensayista brasileño Paulo Leminski. La curaduría y traducción, además de un sustancioso prólogo, estuvieron a cargo Iván García, y la artista plástica señalada es la porteña Déborah Pruden.

Tendiendo una línea de filiación deliberada, emparento a Leminski con Osvaldo Lamborghini, principalmente por el modo en el que ambos tratan a la propia lengua. Operando en el núcleo profundo de su potentica, los dos trabajan desnaturalizándola, haciéndola decir en un más allá de la norma, es decir, haciendo lo que tiene que hacer la poesía. Basta leer al azar una página cualquiera de Catatau o de Sebregondi retrocede para corroborarlo. Los dos, cada cual a su modo, dejaron la vara de sus respectivas lenguas a una altura que produce vértigo. Y quizás por eso, si bien tienen el respeto de sus pares y han alcanzado la cima del mito, han sido y son escasamente leídos. Sus libros son lecturas supuestamente obligatorias, clásicos certificados por la crítica, que casi nadie lee.

Tensando la cuerda de esta analogía caprichosa, acaso también sea posible emparentarlos por sus modos y posicionamientos. Acorde a los modelos disruptivos de su generación, ambos trasuntan un cierto malditismo, encarnado en el cultivo de la irreverencia, el desenfado, la heterodoxia y la insurrección. Sus voces se recortan del resto, poniendo en escena una intensidad y una potencia superlativas. Curiosamente, coinciden además en morir casi a la misma edad (Lamborghini a los 45 y Leminski a los 44), momento en el que acaso sea posible situar la cúspide etaria de la productividad creativa.

Opté por este modo oblicuo (acaso impertinente) de abordar a Leminski para no redundar con lo expuesto en los dos prólogos con los que cuenta este libro (el primero escrito por su compilador Iván García, y el segundo por el poeta y traductor de Catatau, Reynaldo Jiménez), que lo retratan y caracterizan con escrupulosa precisión.

El mosaico que propone su curador se inicia con una autobiografía literaria, en la que Leminski relata cómo acabó perdido en un bosque de letras”, y continúa con una conferencia en la que explicita su posición frente a la poesía. Sus postulados son contundentes: la poesía es una acción gratuita que se juega en una relación apasionada con el lenguaje, y en tal sentido la palabra tiene un valor fundamental, muy por encima del resto (el sentido, la comunicación, etc.) El texto, sostenido en una entonación enfática y combativa, alcanza por momentos el volumen de una proclama, y funciona como un claro manifiesto de su poética.

Una vez expuesto este núcleo esencial, la compilación da lugar a una serie de intervenciones teóricas (Escritos dispersos y declaraciones), en las que Leminski aborda diversos temas y cuestiones que son componentes esenciales en su escritura: las vanguardias, la poesía concreta, el zen y las artes marciales. No se trata de meras referencias, sino de elementos que lo constituyen. Siguiendo el mandato antropófago de Oswald de Andrade, digamos que los ha digerido, y en estos textos se hacen explícitas las razones de esa digestión.

Sus argumentaciones, si bien no carecen de sustentación teórica, siempre se asientan en su persona. Leminski piensa desde sí, desde sus gustos y sus posturas, es decir exponiéndose en lo que dice. Por ejemplo, en un artículo acerca de la poesía concreta, escribe: “No crean que mi fascinación iba por el lado racionalista de aquella línea. Que me disculpen los René Descartes y los Le Corbusier, pero lo que siempre disfruté en la cosa concreta fue la locura que todo aquello representaba, la expansión de los espacios de la imaginación y de las posibilidades de una nueva dicción, del nuevo sentir, de la nueva y gran expresión”.

Cabe aclarar que no se trata en este caso de una manifestación de egocentrismo, sino de la expresión de un programa vitalista que pone al sujeto como razón primera y última de toda forma de expresión. Leminski entiende que su pensamiento es inescindible de su presencia circunstancial en el mundo. Por eso en sus ensayos tiene una gran relevancia su voz. En su entonación, en sus modos de decir, se hace presente, con tal énfasis que podemos decir que es su voz la que piensa en estos textos.

En otra vía, en la que su subjetividad no está tan expuesta, la sección Anhelos críticos, anhelos teóricos recoge una serie de ensayos en los que, extendiendo líneas hacia cuestiones tan diversas como las distintas manifestaciones de la poesía brasilera o la vinculación entre el haiku y la fotografía, Leminski pone al descubierto su andamiaje teórico y sus postulaciones. Manteniéndose a discreta distancia de lo académico, se permite por ejemplo realizar una consumada arqueología de la concepción del “arte por el arte” (Arte in-útil, ¿arte libre?), o componer un micro ensayo filosófico en derredor del carácter musical de la frase interrogativa (La pregunta como canto). Por lo general piensa en términos históricos, pero si la argumentación lo requiere puede apelar a la sociología o a la teoría del arte. Su formación, nutrida en campos diversos, es la de un autodidacta que, guiado por la curiosidad, el entusiasmo y el placer, ha ido acumulando conocimientos de manera más o menos sistemática. Por eso, lo más sustancioso de sus ensayos se juega en la tensión siempre presente entre el rigor teórico y cierta desregularización vinculada al capricho.

Un signo incompleto_.jpgArte de Juan Pablo Martínez

El ajustado ensamblaje de partes se completa con una serie de cartas en versos que Leminski le envió a su amigo, el poeta Ademir Assunçao, más un par de entrevistas, en las que reaparecen los mismos conceptos que en los artículos y ensayos pero en registros diferenciales. En el caso de las cartas, el tono es de exaltada intimidad: “ya te lo dije / para ser poeta / hay que ser más que poeta / tienes que ser un montón de cosas, / si no de dónde? / acabarás haciendo literatura de literatura / tienes que desmadrar más / aparecer más por fuera de los moldes / EXISTENCIALMENTE”. En el de las entrevistas, en cambio, prima la postulación segura de pensamientos largamente digeridos: “Para mí, mi ser de vanguardia es un modo de ser esencialmente subversivo. En aquella subversión que es la más profunda de todas, la del lenguaje”. En ambos casos, como es visible, y como siempre ocurre con Leminski, las líneas de su pensamiento acaban confluyendo en la poesía, es decir en sí mismo.

Un signo incompleto replica de manera continua este procedimiento y, por lo tanto, cumple con creces su propósito de presentarnos a su autor de cuerpo entero. El libro es ideal para ingresar en el universo de Leminski, o al menos lo es para aquel lector al que le interesa abordar su obra conociendo las claves de su funcionamiento.

En cuanto al complemento visual de la edición, digamos que los dos cuadros reproducidos coinciden en cierta informalización de la abstracción geométrica contemporánea. Líneas vacilantes componen una trama irregular de figuras inestables, en las que el blanco tiene tanto o más peso que el color. El fondo se hace figura y viceversa, en una puja incesante jugada a la indeterminación. Pruden opera forzando la aparente paradoja de una geometría irregular en la que ningún elemento tiene un carácter concluyente. Sus cuadros, terminados e inclusos a la vez, ponen al descubierto el gesto investigativo, como si en verdad pintar consistiera, no en crear una imagen visual, sino en manipular los elementos que la componen. En este sentido, funcionan como el perfecto maridaje a la escritura de Lemiski, que se juega (que siempre está jugándose) en estrecha intimidad con su elemento, que es la palabra.

En el impensado encuentro entre estos dos artistas, el libro ejecuta su última nota. Una nota abierta y ligeramente disonante que, como las demás, queda resonando en un más allá de la lectura, proyectando el recuerdo de una muy sustanciosa “excursión”.

Nota original:

http://eldiletante.net/trabajos/un-signo-incompleto?fbclid=IwAR3yGl00n452od9Tp_m-zG5xXkwpoSrMHxKITx6ri8-lsOCkVRnUtEFKTag

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Esta entrada fue publicada el 19/12/2019 por en Prensa.
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