Editorial Excursiones

“Clásica y contemporánea”, nota de Pablo de Santis sobre Sara Gallardo y su obra en Revista Ñ del 31 de agosto de 2018.

No sabemos qué piensa el Tiempo de los aniversarios. Tal vez lo incomoden. Pero para nosotros, víctimas del Tiempo, las cifras terminadas en cero son un modo de poner un poco de orden en el pasado. Este año se cumplen 60 años de la publicación de Enero, primera novela de Sara Gallardo, y 30 de su inesperada muerte, durante un viaje de visita a Buenos Aires.

En los últimos años muchas de sus obras volvieron a las librerías. Ahora se les suma aquella inaugural Enero y un volumen de trabajos periodísticos: Los oficios, en cuyas páginas la compiladora Lucía De Leone reunió parte de los artículos que Sara Gallardo escribió en La Nación. Pero donde su voz suena más cercana y más pura es en el apartado que encabeza el libro: lo integran un breve texto autobiográfico y dos excelentes entrevistas que le hicieron Reina Roffé y Esteban Peicovich. “Poemas plagiados” llamaba Peicovich a los hallazgos poéticos que le ofrecía la vida de modo inesperado, en las líneas de una entrevista, en un manual de astronomía, en una conversación oída al pasar. Estas palabras de la escritora, pronunciadas en el descuido de la conversación, abundan en esos instantes donde la vida “plagia” a la poesía.

Sara Gallardo nació en Buenos Aires el 23 de diciembre de 1931, en una casa de la calle Libertad al 1200. Entre los ancestros de su madre estaban Bartolomé Mitre y Miguel Cané. Su abuelo paterno fue el ingeniero y naturalista Ángel Gallardo. Su tío abuelo, José León Gallardo, fue “camarero secreto” (cargo honorífico que ya no existe) de tres papas: Pío X, Benedicto XV y Pio XI. De aquella casa en el centro porteño la escritora no guardaba recuerdos. Se crió, junto a sus cinco hermanos (ella era la segunda), en Bella Vista, en una quinta del siglo XIX. La propiedad fue vendida en 1966 al Opus Dei, que la destinó a una casa de retiro. Recordaría siempre el caserón y sus árboles: “Aquiles tuvo un centauro por maestro, yo tuve un parque.”

Cuando tenía once años, su padre compró un campo en Chascomús, que inspiraría el ambiente de Enero y de Los galgos, los galgos. “Mi bicicleta siempre fue un caballo. Yo pedaleaba pero me sentía un jeque, un mohicano, un gaucho. Me sentía rechazando lo femenino, que sin embargo me encantaba”. La patria y la familia eran lo mismo: su escuela llevaba el nombre de su abuelo, Ángel Gallardo. Faltaba seguido al colegio y se quedaba leyendo en la cama a Dickens, a Melville y a Jack London. “Niña asmática, mística, que limpia floreros de la pequeña capilla y tiene diálogos con el más allá”.

A los 17 años viajó por primera vez Europa, con su familia, uno de esos viajes largos que ya no existen. De regreso, le presentaron a Carmen Gándara, a quien siempre consideró su mentora. “Recuerdo que cuando me conoció le dijo a una tía: ‘Pero Sara es encantadora. Parece una planta’”. Carmen Gándara, nacida con el siglo y sobrina de Enrique Larreta, era una dama de abolengo que había publicado un ensayo sobre Kafka y la nouvelle La habitada. Generosa anfitriona, usaba su casa como salón literario. Fue ella quien logró que la editorial Sudamericana publicara Enero en 1958.

Esta primera novela cuenta la historia de Nefer, una adolescente de 16 años. Está desesperada porque se ha dado cuenta de que está embarazada, luego de una violación. Su silencio, sus ganas de morirse, de enterrarse, su terrible soledad, están escritas con sencilla maestría. Treinta años más tarde, cuando le tocó a Jorge Cruz hablar sobre la muerte de la escritora, elogió su “lección de transparencia”. Esa lección ya estaba en Enero.

La escritora se casó a los 24 con Luis Pico Estrada, que era un poco más joven, y que iniciaba una carrera de periodista que luego se combinaría con sus trabajos como guionista de Leopoldo Torre Nilsson. Aquel año de 1958 estuvo signado por el nacimiento y la muerte, a las 8 semanas, de su primera hija, Delfina. “Sufrimos. La vida siguió”, le dice a Peicovich. Esas cuatro palabras cuentan todas las historias tristes que se pueden contar. Luego nacieron Paula, medievalista y editora, y Agustín, traductor, a quien debemos, entre muchos otros libros, la versión en español de Anatomía de la melancolía de Robert Burton.

A Enero le siguió otra novela, Pantalones azules (1963), libro que la autora recordaba con injusto rencor: sentía que la inmadurez que había evitado en la primera había aparecido en la segunda. Pero en 1968, a diez años de su primer libro, llega el desquite con Los galgos, los galgos. La novela no sólo es un éxito inmediato, sino que define su zona narrativa y marca para siempre su nombre.

Son los tiempos de gloria de la novela latinoamericana, y esta es larga, como la época exigía. Comienza: “De mi padre heredé una casa, la mitad de un campo y algo de dinero”. Julián, el narrador, es un contemplador de su propia vida. Es un libro sobre el amor y la pérdida: amor por Lisa, una mujer casada, pero también por los árboles y los galgos. El bellísimo poema que encabeza el libro (“Epitafio para los perros muertos sobre la tierra”) anticipa la melancolía de sus páginas.

Su máquina de escribir no descansó: publicó columnas en AtlántidaClaudiaConfirmadoLa Nación. Después de su separación formó pareja con Héctor Murena, ensayista, poeta y narrador. Cuesta imaginar escritores más distintos que Murena y Gallardo. Él escribía para expresar un destino; ella, para señalar el poder de la contingencia. Pero los unía, en tiempos de secularización obligatoria en el campo intelectual, una común preocupación religiosa.

Eisejuaz, su siguiente novela, es de 1971. En su escritura se unen dos elementos que parecen irreconciliables: el cristianismo primitivo y la voz de un mataco. La anécdota la toma de alguno de los Padres del desierto: un hombre santo ayuda a un inválido malvado, hasta que comprende que si no lo abandona se condenarán los dos. El resto (el personaje, el mundo) surge de un viaje a Salta, donde conoce a un mataco que le cuenta su historia (o así lo quiere la leyenda).

Eisejuaz se aparta de los hombres porque siente el llamado (y también el silencio) de Dios. La novela es Robinson Crusoe sin mar y con los roles invertidos: su Viernes es un blanco. Un loro, un perro y un mono completan el naufragio. Leopoldo Brizuela y Elena Vinelli han escrito lúcidas páginas sobre esta extraña novela y la han ubicado entre los textos centrales de nuestra literatura.

En 1975 aparece Historia de los galgos. Es una versión en miniatura de su gran novela. Se la suele pasar por alto, como un producto subalterno, pero es deliciosa y representa el regreso a la brevedad, a la concisión argumental. El hecho de que esté dedicado a sus tres hijos (a Paula y Agustín Pico Estrada se había sumado Sebastián Álvarez Murena, que vive en Roma y tiene su propia línea de perfumes, Eau d’Italie) habla de la importancia que tuvo para la autora este experimento de síntesis. Perfecto umbral (o tranquera) para entrar a su mundo.

En ese mismo año, 1975, caótico y sangriento, murió de un ataque al corazón H. A. Murena. “Ese luto es el gran episodio de mi vida: la muerte de Murena”. A fin de año la escritora se fue con sus hijos a Córdoba, a la casa de su amigo Manuel Mujica Lainez, en Cruz Chica. En el 76 partió en barco a Europa, con los tres chicos, un lavarropas y una perra -galgo, como corresponde- que terminó por perderse.

Pareció que se iba a afincar en Barcelona, destino de tantos argentinos obligados a exiliarse (no era su caso), pero aparecieron otras ciudades en el mapa viviente de su inquietud. Y siempre el trabajo como corresponsal. Antes de Los oficios, ya parte de su trabajo periodístico había aparecido en Macaneos. Las columnas de Confirmado (Ediciones Winograd).

En 1977 se publica su único libro de relatos: El país del humo. En sus páginas, los temas de siempre: el campo, los trenes, los animales. Hay algunas piezas breves extraordinarias, como “Vapor en el espejo”, “Los trenes de los muertos”, “A mano”, “La casta del sol”. O esta miniatura:

Su padre le dijo el día del primer combate: -Que ninguna mujer te importe más que la guerra.

Su padre le dijo el día del primer banquete: -Ninguna mujer lleva más lejos que el alcohol.

Su padre le dijo el día del primer sacrificio: -Atarse a una mujer es apartarse del misterio.

Conoció el combate, el alcohol, el misterio. Me dice: son tres sombras junto a tu falda roja.

El escenario de su última novela, La rosa en el viento (1979), es la Patagonia, a fines del siglo XIX. Un entramado de voces arma la aventura. La escritora viajó a Buenos Aires para presentarla. En entrevistas dejó entrever que trabajaba en una novela, El doctor Cárdenas, y en una biografía de Edith Stein. Consulto a Paula Pico Estrada, y me responde que ni ella ni su hermano Agustín oyeron hablar de El doctor Cárdenas. Pertenece al estante de los libros fantasmas: promesas, borradores, páginas perdidas. En 1988 Sara Gallardo volvió de visita a la Argentina. Había cambiado de look: ahora estaba rubia, recuerda Jorge Cruz, que menciona también su aire ausente. Murió a causa de una crisis asmática en una noche de invierno.

La reedición de sus libros no se ha detenido en los últimos años, ni los ensayos y artículos sobre su obra. Para escribir sobre sí, la autora es tímida: el texto “Historia de mis libros y otras cosas” lo publica en un volumen destinado a los niños: ¡Adelante la isla! (1982), como para que nadie lo descubra. Aquel texto y los que aparecen en Los oficios, arman una fragmentaria autobiografía, hecha de bruscas confesiones y esmerados olvidos. Así, casi sin darse cuenta, Sara Gallardo se cuenta a sí misma la fábula misteriosa de su vida.

Los oficios, Sara Gallardo. Excursiones, 240 págs.

Enero, Sara Gallardo. Fiordo, 99 págs.

Fuente: Revista Ñ

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Esta entrada fue publicada el 06/09/2018 por en Prensa.
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