Digamos que hay dos grupos. Uno está compuesto por escritores que se arrojan de manera optimista a las posibilidades que el desarrollo de la técnica abre al arte de narrar. El otro busca proteger frente a este embate a la narración como una estrategia que podría plasmar o, al menos, generar una experiencia. Retenerla o tenerla, pero todo en pos de defender el último reservorio de lo estrictamente humano. En este último conjunto habría que poner a Hernán Ronsino y su último libro, Notas de campo.

Lo ensayístico en este texto es un conjunto de impresiones, intuiciones acerca de tal o cual lectura. El esbozo de una idea que retrata cierta impresión personal. Es ese efecto de “shock” el que se encuentra en las anécdotas recogidas en la primera parte del libro, “Huellas”: menciones de personas (o personajes, no está claro que la distinción sea necesaria) centrales o marginales en la vida de “Ronsino”, destellos que van construyendo algo a fuerza de ser colocados uno al lado del otro. Las otras dos partes del libro son también una forma de desplegar esta idea “shockeante” de lo narrativo: junto con “Lecturas” y “Tensiones”, los tres recortes tienden hacia el momento final, compuesto únicamente por el ensayo más largo del libro, “La escritura y la máquina”. En esa sección es donde queda claro el enemigo: internet. El “Ronsino” que allí se presenta es alguien que se reconoce como incapaz de escribir sobre este tema tan ajeno y al mismo tiempo se entrega a una reflexión en torno a qué es lo que importa en el discurso de lo tecnológico. El tema no es el avance de las máquinas, sino quién las controla, quién las dirige. Lo que comporta, en última instancia, un para qué; mejor, un para quién. Y, por eso, la lectura de este ensayo a favor de mantener intacto lo más que se pueda el componente humano permite entender la serie de escritores que se han desplegado en la segunda sección, “Lecturas”: Walter Scott, Haroldo Conti, Juan José Saer… Escritores de la experiencia. Ronsino y “Ronsino” arman un canon conservador, aunque no lo parezca. Conservador en el hecho de que su posición es la de la preservación de la humanidad, y por eso es más apocalíptico que cualquier otro tipo de narrativa; por eso juega más con los desechos que cualquier escritor “experimental”. Y por eso resulta llamativa esa defensa de la experiencia, y los recuerdos de la niñez, y el retrato del mundo al que “Ronsino” supo pertenecer.

Que se entienda: el estilo de Ronsino es atractivo, convence, pero deja en evidencia un problema de fondo en la narrativa (rabiosamente) actual que tiene su heraldo, por ejemplo, en Milton Laufer y su novela Lagunas, armada con algoritmos y que sólo puede descargarse vía web. ¿Una obra es más humana que la otra? ¿No hay un peligro en esa abierta defensa de la escritura como registro de una experiencia posible? ¿La experiencia no es eso que se tiene, más allá de toda escritura? Puestos a pensar, quizás, desde el primer momento en que Ronsino empezó a escribir sobre “Ronsino”, se cierra la posibilidad de una experiencia. Sólo restan sus notas.

Hernán Ronsino, Notas de campo, arte de Tulio de Sagastizábal, Excursiones, 2017, 90 págs.