Editorial Excursiones

“Hernán Ronsino se juega por la escritura en sus Notas de campo”. Diego Erlan reseña el libro de Hernán Ronsino en Inrockuptibles en su número de abril de 2017.

Foto: Vito Rivelli.

¿Dónde se funda una escritura? Hacerse esa pregunta significa pensar inevitablemente en el origen. En el comienzo de una historia. En la sustancia que conforma un estilo. Varias veces, a lo largo de Notas de campo, Hernán Ronsino (Chivilcoy, 1975) se la formula para atisbar, desde el arranque, una posible respuesta que, a su vez, son muchas. Aunque se advierte una intersección definida: entre un olvidado concurso de poesía ganado por la madre, por el que recibe como premio un ejemplar del Martín Fierro, y el taller mecánico del padre, ese laboratorio de la lengua, universo de máquinas y asados entre amigos. Dos mitos culturales, originarios y en disputa. Como si en la escritura de Ronsino se dirimieran también algunas batallas de la historia pero en otra medida. Algo de eso subsiste en estos ensayos, que tienen la forma del esbozo, de lo posible sin prepotencia. El origen como enigma, como una sucesión de paisajes solitarios que cuestionan, en esa soledad y en ese silencio, las razones de la escritura. ¿Somos porque escribimos? Es probable. ¿Y por qué asumir ese riesgo de escribir entonces? Esa es otra pregunta. Escribir es hacerse cargo del origen fundado, asumir una lengua y una memoria.

Una de las propuestas de Ronsino es volver a pensar la tradición, no como anacronismo sino como inquietud. Rastrear en su interior las extrañas características que nos constituyen. ¿Para qué se viaja?, se pregunta en un momento, y la única respuesta que articula es que se viaja para volver de lo extraño y contarlo. Los viajes en Ronsino no solo son geográficos sino también, o sobre todo, viajes en el tiempo. Alrededor de la memoria personal. La escritura como un viaje donde la realidad vuelve a ser observada y, en esa distancia adquirida, volver a verla iluminada con una luz distinta.

 

Ronsino se juega a pleno por la escritura, por una lengua meditada, por esa gran aventura, como dice, que propone la literatura.

 

Lo geográfico está presente en estas indagaciones que tienen la forma del boceto y el rastreo. Un movimiento que pasa de la llanura pampeana de su Chivilcoy natal, ese desierto, hacia su opuesto: el río. Esa es otra geografía inquietante, tanto por la soledad como por lo impredecible. Ambos paisajes articulan en Ronsino espacios de la experiencia. Y es en la experiencia donde encuentra literatura, en un movimiento de vaivén, como si el autor estuviera en una embarcación a la deriva y se dejara llevar por los embates, porque se trata de sentir el ritmo del río en el cuerpo “y de escribir con la cadencia de su respiración”. En las orillas de ese río encuentra a autores como Wernicke, Conti, desde luego Saer, que conforman una tríada donde la escritura de Ronsino se identifica.

Después de tres novelas contundentes como fueron La descomposición, Glaxo y Lumbre, en las que Ronsino desarrolló un universo singular que supo dialogar con la tradición literaria argentina sin perder autonomía ni ambición, este conjunto de ensayos justifican su búsqueda y profundizan un estilo. Resulta interesante prestar atención a los adjetivos. Suelen estar puestos entre comas, como si esos rasgos que modifican al sustantivo estuvieran subrayados, meditados, detenidos. Como si el autor se tomara su tiempo para pensar una y otra vez sobre el sentido que esos atributos aportan. Toda una postura política. En un tiempo donde no hay tiempo, frente a una literatura que desprecia la memoria y la artesanía, Ronsino se juega a pleno por la escritura, por una lengua meditada, por esa gran aventura, como dice, que propone la literatura.

Fuente: Inrockuptibles.

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Esta entrada fue publicada el 21/04/2017 por en Prensa.
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